La Marcha de 150.000.000

Escribe Antonio Méndez Rubio, en "Enrique Falcón: la producción de desconsuelo" (revista de pensamiento y cultura "Riff Raff"; nº 34, Zaragoza, primavera de 2007):

 

LA PRODUCCIÓN DE DESCONSUELO

En tiempos como los nuestros, ¿qué es más real que el desconsuelo? Sin embargo, todo lo que llamamos realidad parece evitar ese pulso, eludir ese golpe de aire. En sus múltiples formas de proliferación cotidiana (televisión, móviles, terminal de ordenador, videoconsolas.) la realidad de principios del siglo XXI, en el modelo social que se globaliza por momentos, apuesta por la pantallización del mundo como la mejor y más amable forma de protección, de refugio. Esta protección contra la intemperie asume así la figura de una desaparición de lo real, cuyo rostro visible es su otra cara: el imperio de la obviedad y de la propaganda, la hipervisibilidad de la realidad, su naturalización escópica y morbosa como reality show. Con razón decía Zygmunt Bauman que la televisión nos aleja más eficazmente de los pobres que los hoteles de turistas.

La poesía de Enrique Falcón acepta de principio el reto de no desaparecer. Es más: lo impulsa sin descanso, lo produce, lo procrea. A la misma distancia del tradicionalismo neoclásico (en lo estético) y de la autocomplacencia new age (en lo ético), una poesía como ésta, que arraiga en la catástrofe y en la rabia, tenía y tiene demasiado cerca el peligro de lo sabido, de caer para decirlo provocativamente en una especie de nuevo tradicionalismo de Izquierdas, en la inercia de un realismo tan bienintencionado como plano. Esa postura inercial, tan grata a cierto realismo que ha mitificado la presunta transparencia del discurso y la supuesta infalibilidad de sus dogmas, planta su tienda en una Realidad incuestionable, reconocible, comunicable. Pero la poética de Enrique Falcón traspasa la conciencia de la realidad, nuestro mirar común, y arranca (de) lo real para emplazarlo en su agujero negro, en su fragilidad invisibilizada, en ese fuera-de-lugar intempestivo que la escritura hace entonces suyo y de todos. Así que no es raro que esta poesía se entrevea sin remedio como un desafío espectral, como una voz que aparece imprevista, siempre impropia, siempre impertinente. Es quizá el sino de una voz que, aunque parezca paradójico, viene de muchas gargantas y de ninguna, de la multitud y de nadie (¿de la multitud de quienes no son nadie?): es polifónica en esa convocatoria, en ese trazar un sitio nuevo de reunión con cada cambio de verso; pero es además afónica, desesperada, en la medida en que responde al empeño de una voz que ha perdido la voz, como ocurre antes, durante y después del grito.

El grito es la raíz de ese agujero que es la boca, como sabía E. Munch, como sabía J. Morrison, como sabía Isaías. Y es un último acto de amor. Es por lo tanto un espacio de aire, una huella de respiración en la que toda subjetividad se constituye como crisis y conflicto. No es raro que Falcón recurra una y otra vez a los momentos de fundación: el yo y el nosotros, la infancia, los espacios abiertos, la pulsación del cuerpo, la inminencia de una nueva interpelación, de un nuevo encuentro. El poema se despliega así como si fuera un estallido, no siempre necesariamente sonoro ni posible. Todo empieza de pronto a miramos a los ojos, a volvemos el deseo y el desasosiego hacia lo que se es. Y esto en un doble sentido: de una parte, lo que se es, la germinación de una resistencia constitutiva (o constituyente, por decirlo con Antonio Negri), de otra parte, lo que se es, el subrayado de una despersonalización, de una desposesión, de un hacer anónimo que nos necesita. De la primera lectura se seguiría la reivindicación de una comunidad en vela. De la segunda el desierto que cruzamos y nos cruza. ¿No?

¿Cómo decirle a esta poesía que no? La crítica al uso es consciente de esta dificultad extrema. De ahí los vericuetos más impensables por situar lo que no se deja sitiar, por localizar la amenaza mediante cuñas que se quisieran explicativas: neosurrealismo, neovanguardia radicalizada, poesía de la conciencia o de la diferencia. La hermenéutica publicitaria da lo que da. La poesía de Enrique Falcón, en su avance secreto, mutilado, violado, se asoma en todo caso a la ilusión de las fisuras, aunque sólo sea porque las fisuras son su causa y su efecto, que no es poco. Da de sí, volcada como está en la necesidad del no. Juega con las palabras a jugarse la vida, confía en ellas, las persigue en el son de los tambores, emerge de una insuficiencia que es también, eso seguro, la nuestra.

Antonio Méndez Rubio

 























Creative Commons License
La versión digital de
LA MARCHA DE 150.000.000
está bajo una
licencia de Creative Commons