Diecinueve espigas pronunciadas
… Lo que así me es pronunciado, en este tiempo.
En las caricias de apenas mes y medio:
Compartiendo cena con nosotros, en este invisible Barrio del Cristo, y todavía en libertad condicional, Carlos –preso de conciencia hasta hace bien poco en la Prisión Militar de Alcalá de Henares– me dice de su esperanza al ver más unidos, hoy, a sectores de la izquierda no-institucional hasta hace también poco reacios a encontrarse en un horizonte común. Con fuerza parecida me señalan un futuro distinto dos compañeros de la Confederación General del Trabajo, durante la manifestación del 1º de Mayo, en las calles de Valencia, entre las únicas banderas que todavía nos ofrecen –a los tres– un profundo respeto: las banderas rojinegras.
Riechmann susurra versos para la siembra, una noche en Ca Revolta, y nos los deja temblando en quienes compartimos con él la mesa y la palabra. También ha vuelto de Porto Alegre y de su explosión creativa Javier: después de hablarme de aquello, pone en mi pecho una flor que tardará en ser agrietada. La misma semilla me la pronuncia en la cárcel Jesús, que lleva una década encerrado en Picassent y sabe decirme de qué materia forjaron los barrotes de prisión que a ambos nos separan. Entre aquella siembra y este forjado algo muy íntimo me parece que los une.
A mi paso por Madrid, un sacerdote chileno –represaliado en su día por la dictadura de los perros del Amo– nos hace reír durante horas, antes de partir hacia Taiwán y llevarse para otros, más lejanos, las mismas cosquillas en el medio del aullido. Una semana antes, en un barrio obrero de Paterna, unos cuantos militantes por la vida me acogen, bien despiertos, y es su fidelidad para con el pueblo la que así me araña y me levanta.
Justo al acabar un encuentro con muchos en Sax (Alicante), un trabajador de la Hermandad Obrera alivia tres dolores juntos con una constatación de la esperanza, una conjura contra el cansancio, para quienes viven resistiendo desde hace treinta años, los que son mis mayores. En esta ocasión Jose se ha venido con Raquel y conmigo, es presidente del colectivo de inmigrantes "Jarit" y allí cada exilio, cada marcha forzada, son reconocidos con un nombre propio y auténtico. Tres días después, en la Vall d’Uixó se me desprende de la voz de Teresa un abrazo parecido, cuando descubro que en ella son la misma cosa su militancia en el colectivo ecopacifista de l’Arquet y su vivir abrazada a su hija.
En Pedro Abad (Córdoba) el maestro de un taller de carpintería metálica me indica, de manera incontestable, de dónde le viene su pasión por educar a jóvenes casi sin presente. Días antes, en su enésima escapada de las aulas y encaramado a los tejados de nuestra escuela, Dani me pide casi llorando que le jure que de verdad soy su amigo, y un cuchillo parpadea en mi corazón cuando bajo con él a la zona de talleres. Con el mismo puñal se me acerca, a pedirme un cigarrillo, un muchacho de los del carril, en el barrio de Santa Cruz, en Sevilla: tras un rato de charla, el muchacho me da una cerilla que, todavía hoy, no he sido capaz de prender.
Una semana antes, al poco de recogerla en el coche, Yariffa, teóloga procedente de Túnez, ya me ha dado cuenta de su triple marginación en Europa, en su triple condición de mujer, magrebí y creyente musulmana, y es luego que dicta ante mí su triple abrazo, su espera triplemente esperada, la que el Corán dignamente le mima y le subraya. Esa misma noche, en un rincón de Aldaia, Vicent Camps el Recitador me devuelve otras tres razones con que poder reventar, con voz definitiva, el silencio cómplice de quienes viven, como las estatuas, mal anestesiados. (Hoy, por cierto, me hace llegar su último libro el escritor Javier Sáez de Ibarra y en él consigo leer: "… inventar una palabra, por lo menos, / para que se rompa y manche el rostro de la estatua").
… Así la hace pedazos lo que así –ya veis– me ha sido pronunciado: diecinueve espigas plantadas en los encuentros diversos que este último mes y medio me regala. Cuando más se necesitan. Para un tiempo que combate a detelladas contra lo que muchos ya esperamos.
Mañana unos cuantos hermanos de sangre vendrán a conjurarse a nuestra casa, a perfilar las posibilidades abiertas de un proyecto de vida que, a la vez colectivo, trence más las redes. Mañana he de decírselas, una por una, las diecinueve: las espigas que pronuncian –en sus tantos rincones– estos hombres y mujeres para quienes la vida, en el medio del silencio, continúa importando.
(Enrique Falcón)
artículo publicado
en el nº 145 de "Rojo y Negro" (CGT, Madrid, junio de 2002)