La Marcha de 150.000.000

PATA DE GALLO, nº 17 (abril de 2009)
Suplemento de poesía de Literaturas.com


Como nos señala el propio Enrique Falcón (Valencia, 1968) en las páginas finales de este libro, Taberna roja forma parte de una trilogía que inició Amonal (2005) y que debe cerrar un libro todavía inédito llamado Porción del enemigo. Junto a los poemas, el autor nos regala un epílogo ("El amor, la ira") en el que, a modo de aforismos, va desgranando sus reflexiones acerca de la poesía política así como del contexto social en el que se inscribe su propia actividad creadora (de modo semejante, su reciente antología Para un tiempo herido se completaba con el breve ensayo "Cuatro tesis de mayo"). Quien conozca la obra anterior de Enrique Falcón no se sorprenderá de la importancia que éste otorga a estos textos complementarios, entre los que habría que incluir también las notas que aclaran las alusiones a hechos y personajes concretos que aparecen repetidamente en sus poemas. Para Falcón, no existe contradicción entre escribir una poesía de fuerte carga simbólica, en la que no está ausente la imagen irracionalista, con la reflexión más o menos directa sobre el oficio de escritor (si bien no pocos de sus aforismos se acercan a la intensidad de la escritura lírica). Frente a quienes oponen sentimiento y pensamiento, cuerpo y espíritu, individuo y sociedad, imaginación y realidad... prosa y poesía, su escritura persigue la transgresión constante de los límites que imponen los discursos normalizados. Así señala en "El amor, la ira": "Mística y sociología: un buen poema político no tendría por qué renunciar al abrazo de esas dos hermanas".

Los títulos de las diversas secciones que conforman el poemario ("Taberna roja", "Tres maneras médicas", "Codeína", "Díptico tras el campo de refugiados" y "El terror blanco") ya nos dejan entrever que la poesía de Falcón sigue escribiéndose desde el mismo lugar en el que nacieron libros emblemáticos como La marcha de 150.000.000. El poeta se niega a fingir un espacio neutral para su escritura: como en el poema "Hoja de conquistas", el yo poético sabe a quienes llama "mis camaradas" y sabe también del lado de quién está cuando la historia reparte los papeles entre verdugos y víctimas, entre vencedores y vencidos. No hay, sin embargo, frente a buena parte de la poesía social del pasado (y en ello coincide con otro poeta crítico actual como Jorge Riechmann) un deseo de convertirse en voz de los sin voz. El poeta mira y habla de los otros pero no habla en nombre de esos otros. El yo poético se identifica con un nosotros pero sin pretender hipócritamente que ha borrado su individualidad, sus perplejidades y sus incertidumbres, y sin querer tampoco erigirse en un portavoz ni en un líder moral o político (ello no deja de responder a un nuevo contexto sociológico: buena parte de los nuevos movimientos sociales críticos con el capitalismo o directamente anticapitalistas, etiquetados con el confuso nombre de "movimiento antiglobalización", son movimientos asambleístas que han mostrado una vez tras otra su rechazo a la creación de nuevas vanguardias políticas y su apuesta decidida por la pluralidad ideológica y las estructuras horizontales de decisión). "No deberíamos suplantar a los heridos", señala en el epílogo, y también: "Nuestra voz es nuestra voz. Si no, no hay esperanza".

Y quien sólo vea una falsa ilusión en la palabra "esperanza" difícilmente entenderá la poesía de Falcón. Se trata, no obstante, de una esperanza paradójicamente desesperada, que no ignora cuanto a su alrededor parece negarla. Su pasión por la esperanza (y aquí el vocablo mantiene el fuerte sentido crítico y utópico que le dio Ernst Bloch) no suena nunca impostada porque nace de una mirada nada complaciente con una historia contada siempre por los vencedores. Si la propia imaginación poética crea el espacio de otros lenguajes, la imaginación creadora de la acción colectiva crea otras posibles historias, rompe (como quería Walter Benjamin) esa linealidad de una historia que pretende desconocer el nombre de sus víctimas. De ahí que no resulte descabellada la fusión que propone el poeta entre sociología y mística: sociología para mirar con ojos bien abiertos una realidad a menudo insoportable; mística (en un sentido no reducible únicamente a lo religioso) para ver más allá de lo real lo posible, que es tal vez lo que los lenguajes del poder llaman lo imposible. Para abrir el camino a la potencialidad inscrita en lo real la poesía puede ser una aliada inesperada: "Y escarbo en las costillas de la bestia/ besando lo imposible que habita en vuestra sangre". En los poemas de Taberna roja, la desesperanza parece ganar terreno una y otra vez a la esperanza y es que Falcón no es un optimista ingenuo (el único optimismo que se permite parece ser el optimismo de la voluntad del que hablaba Gramsci). Sin embargo, lo posible alienta en lo real como una promesa, como el sueño de otra historia.

Si la voluntad de sostener o inventar a cada paso la esperanza a pesar de todo es un elemento central en la escritura de Falcón, no menos lo es la importancia del cuerpo. Sorprende la frecuencia de términos relacionados con el cuerpo y las numerosas metáforas e imágenes, a menudo muy audaces, que toman como referencia nuestra corporalidad: "exponiendo su torso vacío por ser una cadera" ("Pasión de Juan en Ayacucho"), "coseré la boca/ de mi propia canción" ("Petición de poema"), "con una serpiente de arena oscilando los pulmones" ("Segunda inyección")... Así, el bello poema "Moltmann 1964" es a la vez un poema político y un poema de amor en el que el cuerpo de la mujer amada es el espacio de esperanza donde se abre un futuro más luminoso y más fraterno: "...abres el futuro/ y recoges sus víctimas para ya no olvidarlas/ reventando mis llagas en las llagas del mundo". Esta presencia del cuerpo, que no es sólo un tema sino (insisto en ello) una constante fuente de imágenes poéticas, tiene que ver con ese deseo de ruptura de los falsos límites entre cuerpo y espíritu al que ya hemos hecho referencia: Enrique Falcón parece convencido de que hay que ser materialista para devolver la posibilidad del espíritu a un mundo demasiado frío. No habría tampoco que minusvalorar la más que probable influencia de un imaginario cristiano tantas veces sepultado por la propia ortodoxia así como por las tradiciones ascéticas, que tienden al desprecio del cuerpo. Precisamente por su origen semita, en el cristianismo existe también otra tendencia, a menudo olvidada, que vincula cuerpo y espíritu (de ahí la creencia cristiana, escandalosa para los platonismos de toda laya, en la resurrección de la carne y de ahí también esa poderosa carnalidad de la experiencia mística, que subrayó Valente, en figuras como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz). Pero más allá de la presencia de un imaginario religioso, nombrar el cuerpo supone cuestionar la cultura actual, que esconde, tras el aparente culto al cuerpo y la apoteosis de los cuerpos gloriosos y virtuales de la publicidad, un olvido de la humilde materia de la que estamos hechos: de esa carne que se sabe en el abrazo y en el placer pero también en el hambre, en la enfermedad, en la tortura, en la explotación que reduce el ser humano a fuerza de trabajo. A diferencia de esos "poetas honestos de todo el país", satirizados en "España y poesía, viejita y regañada", Enrique Falcón no quiere olvidar que "Existe la injusticia,/ su sal en el aullido/ sin más temblor que la esperanza".
 
José Luis Gómez Toré

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